jueves, 2 de abril de 2015




Me siento al borde de esta cama ebria de tu fragancia y corremos el riesgo de llamarnos con posesivos.


miércoles, 1 de abril de 2015

Ítaca.





Abro las ventanas, te hablo, viento, a menudo. Viento barres, viento oxigenas, viento arrancas y viento,  viajas. Tráeme los recuerdos de la ciudad en la que nos (re)conocimos entrelazados en las espigas negras que adornan el iris doble que me mira.

Viento, paseas entre la brillante palidez de sus nuevos cabellos, resabiándote en cada visita. Arrasas con los restos de la antigüedad maldita, de los dioses sangrientos, de los relojes muertos. Ahora, acariciando su silueta contra la ventana, a piel descubierta, dejas al hombre bautizado en calma.

Viento, llegas en forma de brisa, te cuelas en mis pulmones y, disfrazado de huracán, me agitas las entrañas. Quiero desollarme las cuerdas vocales, viento, para descubrirle lo que hiciste en mí; que creas pasillos en la Tierra sólo para dejarte ver y traerme milagros de carne, hueso y vísceras.

Viento, que por diversión, haces sufrir a los mortales, frágiles juguetes en tus manos absolutas. Para siempre y jamás, también adverbios que te pertenecen. Nunca acabarás, siempre origen y solución, controlas la vejez con invisibles voluntades.

Viento, que consigues que el sonido se meza en el espacio hasta mí, que permites que los violines de su voz retumben en mi tímpano. Admite que no es casualidad, asume tu responsabilidad en esta interminable travesía que hace temblar mis crines.

Viento, gracias por regresarme a la orilla de esta Ítaca que lleva por nombre un emperador romano.

lunes, 16 de marzo de 2015

Mírame.



Es la primera vez que me miras.

[Las sábanas planchadas. El zumo de la mañana. Una pintura recién destapada. La ropa limpia. La yema de un índice sobre el pastel. El perdón. Las primeras flores del año. Una libreta nueva. La aurora de una noche interminable. Un aroma a nada. El cuello es casa. 100% de batería. La risa imparable. Suavidad. La hierba fresca. Una brisa de verano en pleno invierno.]

No lo sabes, me has visto, pero ojalá nunca dejes de mirarme. Mírame.


sábado, 14 de marzo de 2015

El pez azul.




La caja está cerrada. Huele a nada. La caja es mirada. La caja me mira. Dentro, se puede escuchar el susurro, el suspiro, los poros tiemblan. La caja desea. La caja anhela ser abierta. Se oye un tamborileo, el siseante movimiento de sus cadáveres.

Cierra los ojos, posa tus manos, notarás la marea en la tormenta. Líquido pesado y rabioso, lleno absoluto de estrépito mudo. Los monstruos que la habitan golpean las paredes que les contienen, paralizados. Aquí me quedo, quieta, muerta, en beligerante silencio.

Una puerta se abre, un haz de claridad incandescente oscila sobre la mitad del ego. Dos pupilas repasan los filamentos del párpado inferior, dos labios se separan. Nadie vive, dos manos pasean sobre las solapas de la caja, los latidos se frenan en seco. Luego, respiramos. De nuevo dos.

La caja, el pecho, circuncidados por la oscuridad. Bailan tus dedos sobre la piel escamada, humedecida por el verbo, desordenan por metódicos pasos un nido de serpientes. Me dejo arrastrar, submarina, por la calma de la cumbre venosa.

Entro en la caja, que es pecera, que es garganta. Existe la luz en tu boca sin ancla. La soledad equilibrada se remueve en las ondas de las aletas del pez azul.

Soy el pez azul. Bienvenido, querido.


viernes, 16 de enero de 2015

La lluvia.



Que venga la lluvia.
De día o de noche
Que truene y centellee la ira
Que caigan frazadas de agua
Que arrastren, que arrasen con todo

Como el primer buche de agua
Que caiga con peso y dolor al estómago
Que retuerza las entrañas
Pero que limpie esta polución

Que venga la lluvia
Que me libere de esto
De día o de noche
Quiero respirar.

viernes, 2 de enero de 2015

Eternidad y memoria.




La crisis existencial número 9 acabó una mañana de febrero. Despertó en una sola bocanada de aire, se incorporó como una tabla, miró a su alrededor jadeante y arqueó las cejas. Era el lugar, lo reconocía sólo por el perfume que exudaba cada rincón de yeso y pintura; podrían torturarle y arrancarle los ojos que seguiría siendo capaz de dibujar cada elemento que allí se encontraba desde el año 1990. Aun así, la confusión había nublado su lucidez. Era pero no era. Extendió el brazo, temeroso, la bombilla comenzó a parpadear tintineante y, de alguna manera, su respiración se acompasó con el delirio lumínico.

Extendió las manos frente a los ojos que aún conservaba, por el dorso y la palma las examinó concienzudamente: el vello masculino que apenas hacía unos años había hecho aparición, las cicatrices de la infancia y la piel de los nudillos algo deteriorada por el frío. Sabía que eran sus manos pero las desconocía. Eran suyas, pues estaban pegadas a su cuerpo, pero sólo a medias formaban parte de él. Se dejó caer entre las sábanas arrugadas y desastradas, sin entender nada.

"Tengo que pensar", cerró los ojos y meditó. Recordó la primera vez que vio sus manos, pequeñas y rechonchas acariciando el rostro desdibujado de su madre, sonriente. Nunca volvería a sonreír así. Memorizó los primeros trazos que fue capaz de crear: con un lápiz de madera de color verde dibujó el número tres. Después de eso, todos los cuadernos estuvieron repletos de treses de colores, pues aún no conocía los símbolos de su nombre. La bicicleta de los flecos blancos, el pelo de su perro, atrapar pompas de jabón, la piel del melocotón, los puntos de sutura en la barbilla, el primer cigarrillo y los pechos de aquella mujer.

De repente, un temblor. La imagen de aquella mujer se hizo más fuerte y, con ella, las patas de la cama comenzaron a tropezarse consigo mismas; entonces, el terremoto. Se asió fuertemente a los bordes del colchón y recorrió mentalmente cada centímetro de su cuello tal y como lo había hecho la noche anterior. En cada pulso, su cuerpo se izaba y empezó a despegarse de las leyes de la gravedad. Con los ojos bien abiertos comprobó cómo el mundo conocido se desmoronaba cual castillo de naipes, y él, flotaba aparentemente ileso. Los redobles de la respiración femenina menguaron sus medidas hasta reducirlo al tamaño del ojo de una aguja. El tejado desapareció, su torso fue elevado a gran velocidad entre las distintas atmósferas del globo, se abrió una costura en el cielo estrellado y, a través del roto estelar, gracias a su diminuta dimensión, se coló en un encarnado arroyo de denso y cálido fluido.

Se dejó arrastrar por sus corrientes envuelto por aromas desconocidos en una energía indómita. En un curso veleidoso, se enjuagó de voluntades, permaneció en blanco y fue inexplicablemente feliz. Rió a carcajadas, nacieron luciérnagas en su estómago, de sus ojos brotaron fuegos artificiales y, finalmente, reconocióse niño. Las manos ya no eran armas, ni frenos, ni herramientas, ni extensiones útiles, sólo servían de reposo y ancla. Entonces, durmió.

Allí, lo entendió: había sido absorbido por un hilo de hálito de inmortalidad, era un eterno viajero en los caprichosos conductos de su sistema circulatorio, su descanso sería el parpadeo que le dedicara. Volvería a ser él únicamente para reconocerse y morir cuando todo aquello que conocía de ella feneciera. Eternidad y memoria, sinónimos puros.



martes, 28 de octubre de 2014

Birth.




Una vez me vi. No recuerdo si el verano estaba por llegar ni qué pasó antes, pero me vi. Alcé la vista y ésta se tropezó, cayó y quedó anclada - tal vez para siempre - en otra mirada. 

Sucedió que, a través de los párpados, se deslizaron pequeñas y ardientes manos que, lentamente, construyeron una autopista con las legañas de las primeras criaturas y nos ataron las pestañas. Se nos secaron los ojos, pero no hubo oportunidad para dejar de mirar. Las primeras criaturas tiraron de los hilos como un imán, mi cuerpo midió a gran velocidad la distancia de las pieles mediante la técnica del derribo. Como un poderoso y brillante rayo, pude sentir la vida. Pude sentir el trueno, el pálpito de otro cuerpo tamborileando sobre mi pecho. Entonces, sin destruir el silencio imperante, pestañeé. De un suspiro catalizador, un pájaro de tinta se hizo vida atravesando mi garganta hasta nacer en mis labios. Emprendió el vuelo.

No se oyó un segundero que avisara de la existencia de un después, pero nunca pudimos cerrar los ojos. Dios enmudeció avergonzado. Nuestras almas se habían mirado. El lenguaje fue parido para poder reencontrarnos.