jueves, 20 de agosto de 2015

Stendhal.





El frío mármol se colaba a través de las zapatillas de una tarde de otoño. Su cabello tojo enredado en una trenza caía entre los dos omóplatos que adornaban su espalda en dirección a la pesada puerta de madera de haya. Imponente, al menos alcanzaba los cinco metros de altura y los tres de ancho. El corazón bombeaba a un ritmo inusualmente rápido, se aceleraba con el eco de sus propios pasos, pero no podía frenar. Ya no, no había vuelta atrás.

Acarició la superficie acaramelada del pórtico, lentamente, como si no quisiera despertar a la bestia antaño dormida, notaba la respiración del árbol muerto en sus nudos naturales. De repente, un súbito bofetón hacia su superficie le obligó a abrirse. Entonces, luz. Un destello blanco como la sonrisa de la historia más amada la dejó totalmente ciega. Dirigió el vector de su mirada hacia todos los rincones de la habitación sin alcanzar a vislumbrar más que siluetas formando un perfecto rectángulo. Como pájaro enjaulado se agitaba, confusa, aterrorizada y mareada. Ningún SOS musitado por su congelada garganta recibiría respuesta.

El silencio absoluto de la mañana más fría le fue devolviendo gradualmente la videncia. Aunque los colores se presentaban frente a sus ojos en forma de bruma, diferenciaba a la perfección las motas de polvo iluminadas por la claridad cenital de aquella bóveda de cristal soplado. ¿Caían o flotaban? A lo mejor, bailaban, en perfecta armonía con la nada habitada. Pero no, había algo más allá del polvo y de la luz. Se había presentado ante ella el gesto disruptivo de una mujer joven, de tez pálida y con el cráneo envuelto en azul. El azul era su color favorito.

Tomó asiento, aún sabiéndose fuera de lugar, necesitaba respirar. La mujer de óleo le devolvía la mirada con los labios entreabiertos. Sentía cómo era inspeccionada desde un rostro atrapado en fibras de algodón, unos ojos que gritaban de intranquilidad exclamados, anteriormente, por un flamenco de buena posición. Él la había encarcelado allí, para siempre, y con la boca entreabierta, ella parecía susurrar palabras de auxilio. Inmóvil.

Pasaron horas, allí quedó. Sentada en el frío mármol que ya no sentía bajo las piernas, vigilando cómo cambiaba el gesto de la muchacha por milímetros. Ahora era sereno, casi juguetón y parecía una adolescente coqueta jugando a ser mujer. Le hablaba, sin palabras, sólo con el brillo de una pupila muerta que parecía persuadirla para que la llevara con ella. Imaginó que, llegado el punto, la joven de la perla se habría transformado en un ser capaz y fuerte, ¡tenía todo el tiempo del mundo para desarrollar la autonomía que le había sido negada! Podría escapar cuando la noche arribara, lejos, tan lejos como sus extremidades entumecidas por los siglos le dejaran, ¡quizás un barco le permitiera subir a bordo hasta las antípodas! Podría beber, reír, ¡quizás enamorarse! Súbitamente, la realidad: un mundo convertido en un cajón de ruidos infernales, muy alejado de la plaza de aquella Delft que había conocido, le haría derrumbarse del impacto. Tanto esfuerzo, anhelos, expectativas, tanta ansiedad, degollarían el futuro de la pequeña muchacha que pretendía una vida que no le correspondía: la de los vivos.

La mujer de azul nunca escapó. Ella jamás pudo dejarla ir.


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