lunes, 1 de mayo de 2017

Boomerang.






Jan, como buen marinero neerlandés, tenía las manos ajadas y ásperas de tratar con las redes. Toda una vida había portado un nudo en el estómago cada vez que tenía que embarcar. Entre los rizos cobrizos de la juventud, pensaba y exploraba cada una de las posibilidades a la hora de la catástrofe, se le aceleraba la respiración hasta toser y la vejiga se le aparecía rumbera.

Hoy cumplía setenta y tres años y más de treinta embarques. "Cero naufragios", pensaba para sí mismo. La luna le acariciaba el lado izquierdo del rostro a través del ojo de buey del compartimento. El agua entraba sutil y caprichosa por debajo de la puerta. Cerró los ojos, tranquilo y se dejó mecer por primera vez.

Boomerang.



A Marietta sólo le gustaba la tarta de lima. No había selva negra, ni frutas azucaradas brillantes, ni queso con arándanos que le hicieran cambiar de opinión. Su madre decía que era la tarta de lima sentir el verano en la boca, pero a ella sólo le gustaba por el color. La tarta de lima a veces eran vísceras de alien, otras, mocos, pero siempre era la merienda con mamá. Entre caricias, los rayos del sol entraban por la cocina, y reían. Reían muy fuerte entre las cinco de la tarde y la hora del baño, con los carrillos llenos de crema verde, esperando a que papá volviese para contarle el cuento del botón.

Marcaba cinco de abril el calendario y papá hacía cuatro meses que no volvía. Ya no había tarta de lima. A Marietta ahora le gustaban las cremalleras.

Boomerang.



"La navidad en Berlín es más agradable que en Varsovia". Pues sí, pues sí, pero cuidado con el hielo. Una bicicleta usa el timbre y Helena ¡salta! con el corazón que late al ritmo de una marcha militar.

No recuerda si tenía los ojos verdes o azules, ni si se comía las uñas, ni de qué trataba aquel trabajo para la universidad de arte que iba a entregar. Ahora sólo puede mirar al techo y soñar que es un estanque, un lago, un océano, un mar de nubes, las sábanas de un chico escuálido que conoció en una biblioteca. Helena sólo recuerda o inventa o crea. Helena no puede abandonar su cuerpo inerte para vivir.

Boomerang.


miércoles, 26 de agosto de 2015

El señor del sueño.



Tres días. Los últimos tres días tuve una aparición onírica, un perfecto desconocido. El hombre alto, moreno, de tez blanca que aparece en mis sueños tras unas gafas negras, nunca ha pasado por mi vida. Jamás he podido mirarle a los ojos en un accidente de casualidades, en el suburbano, en un pasillo del supermercado, en la mesa 45 de la biblioteca. No le avisté en fotografía alguna, nunca nuestros ojos se cruzaron, ni una palabra referida en la vigilia. No sabré cómo huele porque, mi querido desconocido, no existes.

Eso es, eres un producto de mi mente, reflejo de miedos y deseos, apareces en mis momentos de paz para distraerme. ¿Me perturbas o me concentras? Eso es. No existes, pero ahí estás. Siempre que giro la mirada en fase REM, te encuentro. A veces, lees el periódico y me miras como desconocida. Otras, discutimos sin voz y me rechazas. Eres el mudo e inexistente extraño que todos querríamos tener. Porque no existes ¿verdad?

Por un momento, regreso a la infancia, el tiempo donde lo insensato tiene sentido. Imagino que, en algún lugar del mundo, eres, despreocupado, un ser gris de oficina y apartamento. Tu miserable vida transcurre cada día como un calco del anterior, pero, desde hace tres días, una extraña se cuela en tus sueños. A veces te discute en idiomas desconocidos; otras, permanece de pie, bajo la cúpula de cristal que ilumina la sala blanca donde lees el periódico. Pero siempre es ella, que soy yo, y te miro sin pudor.

Entonces, la confusión nace, como en una partitura de Rachmaninoff, me aturde y me devuelve a la sencilla y tediosa existencia, donde los sueños sólo son un automatismo más de nuestra rutina marsupial. Me levanto, me cepillo los dientes, unos ojos hinchados me recuerdan que esta noche debo acostarme antes, el desayuno es pobre y rápido, todo transcurre en una escala horizontal de realidad brutal. De repente, al apearme del ascensor, el recuerdo de tus negros cabellos alborotados me invitan, impacientes, a sumergirme en ti, a soñarte de nuevo como el señor del sueño.


jueves, 20 de agosto de 2015

Stendhal.





El frío mármol se colaba a través de las zapatillas de una tarde de otoño. Su cabello tojo enredado en una trenza caía entre los dos omóplatos que adornaban su espalda en dirección a la pesada puerta de madera de haya. Imponente, al menos alcanzaba los cinco metros de altura y los tres de ancho. El corazón bombeaba a un ritmo inusualmente rápido, se aceleraba con el eco de sus propios pasos, pero no podía frenar. Ya no, no había vuelta atrás.

Acarició la superficie acaramelada del pórtico, lentamente, como si no quisiera despertar a la bestia antaño dormida, notaba la respiración del árbol muerto en sus nudos naturales. De repente, un súbito bofetón hacia su superficie le obligó a abrirse. Entonces, luz. Un destello blanco como la sonrisa de la historia más amada la dejó totalmente ciega. Dirigió el vector de su mirada hacia todos los rincones de la habitación sin alcanzar a vislumbrar más que siluetas formando un perfecto rectángulo. Como pájaro enjaulado se agitaba, confusa, aterrorizada y mareada. Ningún SOS musitado por su congelada garganta recibiría respuesta.

El silencio absoluto de la mañana más fría le fue devolviendo gradualmente la videncia. Aunque los colores se presentaban frente a sus ojos en forma de bruma, diferenciaba a la perfección las motas de polvo iluminadas por la claridad cenital de aquella bóveda de cristal soplado. ¿Caían o flotaban? A lo mejor, bailaban, en perfecta armonía con la nada habitada. Pero no, había algo más allá del polvo y de la luz. Se había presentado ante ella el gesto disruptivo de una mujer joven, de tez pálida y con el cráneo envuelto en azul. El azul era su color favorito.

Tomó asiento, aún sabiéndose fuera de lugar, necesitaba respirar. La mujer de óleo le devolvía la mirada con los labios entreabiertos. Sentía cómo era inspeccionada desde un rostro atrapado en fibras de algodón, unos ojos que gritaban de intranquilidad exclamados, anteriormente, por un flamenco de buena posición. Él la había encarcelado allí, para siempre, y con la boca entreabierta, ella parecía susurrar palabras de auxilio. Inmóvil.

Pasaron horas, allí quedó. Sentada en el frío mármol que ya no sentía bajo las piernas, vigilando cómo cambiaba el gesto de la muchacha por milímetros. Ahora era sereno, casi juguetón y parecía una adolescente coqueta jugando a ser mujer. Le hablaba, sin palabras, sólo con el brillo de una pupila muerta que parecía persuadirla para que la llevara con ella. Imaginó que, llegado el punto, la joven de la perla se habría transformado en un ser capaz y fuerte, ¡tenía todo el tiempo del mundo para desarrollar la autonomía que le había sido negada! Podría escapar cuando la noche arribara, lejos, tan lejos como sus extremidades entumecidas por los siglos le dejaran, ¡quizás un barco le permitiera subir a bordo hasta las antípodas! Podría beber, reír, ¡quizás enamorarse! Súbitamente, la realidad: un mundo convertido en un cajón de ruidos infernales, muy alejado de la plaza de aquella Delft que había conocido, le haría derrumbarse del impacto. Tanto esfuerzo, anhelos, expectativas, tanta ansiedad, degollarían el futuro de la pequeña muchacha que pretendía una vida que no le correspondía: la de los vivos.

La mujer de azul nunca escapó. Ella jamás pudo dejarla ir.


martes, 18 de agosto de 2015

Recomendación #4



(...) He sentido mi frustración sin pensar que formaba parte de la caída del mundo, más bien he vivido con el convencimiento de que cuanto me concierne caducará con mi desaparición, porque es sólo manifestación del pequeño cogollo de lo mío. Un ser sustituible entre miles de seres sustituibles. Ahí, nuestro desencuentro. Tú has tenido la capacidad o el don de leer tu biografía como pieza del retablo del mundo, convencido de que guardas en los avatares de tu vida parte de la tragedia de la historia, la actual, la de las habladurías y miserias de Olba, y la vieja historia de las infidelidades y traiciones de la guerra, y también la que representa a miles de kilómetros de aquí, y a varios siglos de distancia: te conmueven las guerras que se desarrollan en las montañas de Afganistán, en Bagdad, en algún poblachón de Colombia: tu sufrimiento es un sufrimiento que está en todas partes, en el núcleo de cada desgracia como, para los cristianos, el cuerpo de Cristo está en cada una de las hostias y en todas ellas: el cuerpo entero, terso y vigoroso, en los frágiles pedazos de pan que se dispensan uno y otro día a los fieles en cualquiera de las iglesias del mundo, el mismo cuerpo entero e idéntico en las hostias que se han dispensado un siglo tras otro. Como en el caso de los que acuden a la iglesia, tu actitud me confirma que lo que mejor soporta el paso del tiempo es la mentira. Te acoges a ella y la sostienes sin que se deteriore. En cambio, la verdad es inestable, se corrompe, se diluye, resbala, huye. La mentira es como el agua, incolora, inodora e insípida, el paladar no la percibe, pero nos refresca. (...)



En la orilla, por Rafael Chirbes.


martes, 11 de agosto de 2015

Sans crainte.



El tren avanzaba con su habitual traqueteo. Era viejo, que no antiguo, chirriaba a la altura de cada poste y hacía tambalear los cables que sostenía, débil, el tiempo. Un reloj de arena atascado por la humedad me hacía recordar la noche de febrero que dejó caer la copa de vino.

Pasamos cerca de un pueblo. A través de la ventana se percibía el gesto incómodo de sus habitantes, que reciben el paso del tren como una visita incómoda que rompe la dulce y cómoda rutina. Trajes marrones como las tierras que les rodean, el sol parecía haber sembrado en sus rostros la cosecha de los años perdidos. Las faldas, agitadas por la brisa juguetona del verano, dejaron entrever las cicatrices de los cardos del camino sobre las piernas de las señoras, antaño firmes y plenas de juventud. El tren no me permitió apearme en la mitad de esa nada, continuó sin descanso el plan elaborado. Las 20:20, pedí un deseo.

Se pliegan los ojos y me sumerjo en un mar de reflejos de luz y memoria. La memoria, esa puta traicionera que castiga como el mejor de los amantes, el peor de los amados. Aparecen diapositivas que registran movimientos congelados, o sensaciones, que me atormentan. El dolor, la culpa, el vértigo de la eterna decepción, el estómago revolcándose en el arco de un violín desafinado, el vacío. Respiro, las manos frías de febrero, invisibles, vuelven a tomar las mías con cuerdas compasivas. Puedo recordar cada una de las arrugas de las manos de la pureza entregada. Era él, una y otra vez, en cada átomo desnutrido por las palabras del dios que nunca existió, su personaje de ficción favorito, me dijo.

Frenó el vagón, ligero y suave, como si no quisiera despertarme completamente de mi regreso al hogar. Pude ver el mundo en su totalidad y cómo el caos cobraba sentido en unos calcetines atrapados por una maleta rota. Un gesto sonrojado y valiente intentaba dominar el carácter de la cremallera deshecha por el uso, en un farfullar de quejas y maldiciones abandonó la moqueta gris. Se vació la cámara, se llenó de oxígeno, nació el otro silencio. El trayecto acabose en un bálsamo de libros y ojos, cedió el paso a la sana incertidumbre, al aleteo dicharachero de la mosca sobre la sandía de verano, a la pasión de la noche adormecida, al susurro de la miel atraída por la gravedad terrestre.

Ahora marca el reloj las 20:20, pide un deseo tú. A mí ya nada me hace temer.


miércoles, 5 de agosto de 2015

El extraño.





Extraño reírme hasta que la boca del estómago duela, que al día siguiente la voz haya desaparecido gracias a las palabras pronunciadas la noche anterior, que el doctor arrepentimiento se haya ido por falta de pacientes.

Extraño sentir unas manos que rodeen las mías con fuerza emotiva, que las mías se abran llenas de compasión, que la ciudad de la redención nos acoja cálida, cándida, templada, y nos deje habitar con calma.

Extraño las fotografías en las que las sonrisas son honestas y están llenas de vida, que vayan acompañadas de pieles salvajes, de noches que invocan a los antiguos dioses y nos transportan a los tiempos en los que aún venerábamos la verdad.

Extraño la brisa del otoño acariciando los cuellos de los amantes que se respiran en el templo del respeto, que el desnudo sea parada de la vida natural del hombre, que se gesten las palabras como lo hacen las existencias que están por venir.

Extraño despertar entre los brazos de la comprensión, que la locura sea perseguida como el desequilibrio y la mentira, que las casas se quemen hasta los cimientos como lo hacen los malos recuerdos.

Extraño que los fantasmas del pasado sean despedidos para siempre como efecto de la mariposa que batía las alas en mitad de un desencuentro, que las copas de vino no se rompan cuando lo hagan las almas.

Extraño el curso del río, que nos baña librándonos de la imposición de pecados, que nos empapan el alma con castigos ininteligibles y arrancan voces como cuerdas de guitarra, que nos envía el infierno en una caja de Pandora.

Extraño los pies fríos frotándose en la noche en busca del consuelo perdido, que los bisontes paren a pastar bajo la lluvia sin inquietud y en silencio, que la ruptura sea soluble al licor de unos ojos sin perdón.

Extraño que el espacio-tiempo implosione en el abismo entre mi frente y la suya, que las miradas arrasen astros y arrastren vientos del siroco, que nos reconcilie el oxígeno y la luz eufórica de la muerte evolucione.




domingo, 2 de agosto de 2015

Lejos.




Debes dejarlo hoy.
Debes dejarlo ir.
Debes dejarlo vivir - o morir- .
Debes dejarlo, pero lejos de ti - lejos de aquí -.